Miss Emily
Los recuerdos danzan como acróbatas
sobre el viejo corredor de madera,
cuando jugaba en aquellas tardes
con los patines, la rayuela,
o girando entre hileras de caracolas,
icacos y uvas de mar
junto al olor primordial del bulto de cuero
y los lápices de colores.
Mientras tanto, la música de Walter Ferguson
se abre paso por las rendijas
de la antigua casa,
desmontando las paredes del olvido
con su cadencia de tambores,
tomillo, brisa y sal,
que enciende los acordes del calipso
en tantas venas.
Y entre todas esas cosas,
aquella fotografía de mi infancia,
con Miss Emily.
Ella llegaba con su paso ligero,
segura de su destino,
como una orquesta de mar,
dando una serenata de ella misma.
Miss Emily seguirá ahí,
por aquellas aceras calientes de Puerto Limón,
en la fertilidad del recuerdo,
sentada en la esquina de aquella pulpería
del chino Arturo.
Miss Emily seguirá ahí,
con sus brazos negros y generosos,
acurrucando el zumo cálido de mi tiempo.
Ella ordenaba en una palangana limpísima,
caimitos, mangos, jobos, que yo compraba.
No hacía falta más:
era todo el mundo que yo no tenía.
La mujer del vestido claro,
la del sombrero deshilachado,
cambiaba mi soledad
por un instante de permanencia frutal.
Barrio sin nombre
Barrio sin nombre
En mi vecindario el ruido
era como el roce de un blues,
abrasivo y penetrante.
Un toque musical
que trasladaba de sitio las puertas
y las ventanas de ese barrio.
En aquella calle ancha y sorda,
se reinventaba el mejor escenario.
Ahí se desvestían, precarias, las ilusiones.
Los niños crecíamos mascando la indiferencia
donde ronca el pavimento sus ocasos.
Nos rebelábamos en fantasías:
ser piratas en un mar y otro.
La marea mecía nuestros cuerpos
al filo de las rocas,
como si fuéramos un pincel
en las manos del océano,
para volver de algún sitio donde las carencias
eran invisibles.
Y así, finalmente,
reparar las bisagras de los sueños.
Afuera, mientras jugábamos,
la vida movía sus aromas por
los patios comunales del vecindario.
El olor acalorado del chile panameño y del jengibre
viajaron desde otros países hasta Puerto Limón,
como si cargaran un lenguaje
donde la brisa parecía decir algo,
entre las hojas de plátano y ñampí,
hasta mezclarse en el aire
con el olor del arroz cantonés
en una columna de hermandad.
El barrio sin nombre
tenía algo en común con aquellos niños.
Un nombre que no se concretó en ningún registro.
Los “hijos naturales”[1] éramos como ese barrio:
una lista aparte
con un desmantelamiento escolar
a la vista de todos.
Un arrecife que la arena se tragó por la vergüenza.
Pero juntos nos consolábamos cada mañana
con el abrazo tibio de sus calles
y el deseo indestructible de inventarnos otro mundo.
[1] Los hijos naturales son los nacidos fuera del matrimonio y que no llevan el apellido del padre.
Pan de piuta
La humedad de aquellas mañanas
del trópico.
El humo de la cafetera y el olor al café,
dibujaban en la madera vieja de la cocina
siluetas juguetonas que aún permanecen
en mi recuerdo.
Mamá desvestía el desayuno
con una acción de convocatoria
que se dejaba escuchar entre sus manos
y en el centro de la mesa,
ella ponía el pan de Piuta, dorado,
a la sombra de las misteriosas especies,
aparecía.
¿Quiénes pintaron el paraíso sobre la cobertura
de los bollitos,
que los volvían tan apetitosos?
¿De dónde venía la cálida receta
que salía del viejo cobertizo cerca de la playa?
Su aroma tocaba puertas y ventanas.
Al final del camino,
por las pequeñas lanchas de los pescadores,
subía heroicamente hacia el talle de las palmeras,
perdiéndose entre el arrecife
que servía de trampolín a los chiquillos.
El olor a pan recién horneado
se perdía en el mar
y una multitud de fragancias,
despertaba el apetito del pueblo.
Mientras los almendros
se mecían en la orilla de la playa,
parecían repetir su nombre… pan de Piuta.
Datos Julia
Julia Hernández
Nació en Puerto Limón Costa Rica.
Ha obtenido la mención honorífica en el Tercer Certamen de Poesía Haiku a Nivel Centroamericano realizado por la Embajada de Japón y la Asociación Cultural Nueva Acrópolis, además del Tercer Lugar en la categoría de Tema Libre del Certamen Tradiciones Costarricenses, Leyendas, Anécdotas e Historias de Vida. Provincia de Limón, realizado por el Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural (CICPC), del Ministerio de Cultura y Juventud.
Tiene tres libros publicados y uno inédito.
Es miembro de la Academia Norteamericana de Literatura Moderna Internacional y de la Asociación Costarricense de Escritoras.
Ha participado en diferentes antologías: Letras sin Fronteras IV, publicada en El Salvador, Poética De Los Cinco Continentes Arbolarium, publicada en Bogotá Colombia, Cuadernos Poesía a Sul en Portugal, de Bitácora Abierta, 31 Latidos en el Andén,
Líneas de Mujer, antología Territorio de VOCES Y FUEGO, en homenaje a Eunice Odio, publicada en Costa Rica.
Ha participado como invitada en los Festivales Internacionales de Poesía en Granada, Nicaragua, Puerto Rico, El Salvador, Miami, La Habana Cuba, Portugal, y Costa Rica además Hispanic Heritage Book Fair en Miami.
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