Julio
San Martín Órdenes (1977) nació en Chimbarongo, ciudad artesanal de Chile. De
profesión es Médico Veterinario de la Universidad de Concepción, Magíster en
Ciencias con mención en Recursos Naturales (Universidad de Los Lagos) Sus
poemas han aparecido en algunas compilaciones, entre ellas, “Anti-terror y paz”
(IFLAC; A. Aharoni y otros, 2016), “Hemisferios / Alianzas de la táctica a la
práctica” (R. Ramírez Espitia, 2017), “Contemporary poetry (Volume 4)” (P. Chaswal & D. Chaswal, 2017),
“Con alas de olvido” (L. Henríquez & Biblioteca Municipal Volodia
Teitelboim, 2017) y en “Ciencia en décimas para Violeta” (Recrea Libros, 2018)
Este último trabajo fue resultante de la convocatoria “Pájara Voladora, Violeta
Investigadora”, dirigida a científicos, y de la cual fue finalista. Publicó su
primer trabajo “Entre el rayo y el fuego” como parte de un proyecto del Centro
de Extensión Cultural LibreArte de San Fernando, financiado a través del Fondo
Nacional de Desarrollo Regional (F.N.D.R.) de la Región de O’Higgins (2018)
También, obtuvo una mención honrosa por su participación en el slam de
Poesía: Agua, biodiversidad y
pueblos originarios (2020)
Participó en la edición del poemario “Territorio
del Tiempo” de la poeta Olga Aguilera (2019) y de los libros de relatos “El
hombre que comía espinas y otros relatos excéntricos” de la cuentera Loreley
(Sebastiana Editorial 2018; 2019) y “Cuentos de ñuble para Ñuble” (Opalina Cartonera, 2019) del grupo literario Conversando Con Versos y Cuentos de la
Biblioteca Municipal de Chillán, publicación en la que incluye algunos relatos
ecodistópicos de su autoría. Actualmente, es colaborador de la ONG cultural
Casa Bukowski.
Jaikus
Rayos de sol,
un ciruelo sin hojas
recibe luz.
El aire hiela
en la tarde invernal,
aves ausentes.
Tarde de invierno,
la corteza de un árbol
con musgos y hongos.
Noche invernal,
lejos, entre el sereno,
grita un queltehue.
Volcán Calbuco
El Sol se esconde malamente
tras cenizas esparcidas en el cielo
desde la bocaza furibunda
de volcán ansioso que exhala
su indigesta lava ardiente.
¿Qué nos quieres decir, Calbuco?
Nos haces recordar que somos
los hijos menores de la Tierra,
nuestra orgullosa civilización
se trincha con un suspiro tuyo.
En muy citadina enajenación,
aún no podemos eludir
el temor ancestral al Pillán.
Somos fruto de la Tierra,
no sus dueños, no sus amos.
Después de una ígnea bofetada,
si acaso, por un fugaz momento
de preterida lucidez y asombro
de minúscula persona, se revela:
¡Madre, no te hemos domesticado!
(Escrito en momento de la erupción
del volcán Calbuco el 2015, cuando gran parte de Chile estaba cubierta de
cenizas)
Mocho Choshuenco
En ascenso, se alcanzó la tumba de los
bueyes
la bajada fue más amable por un sendero
largo
y huella abajo, dos hombres hicieron
travesía.
En el bosque de lengas y coihues
hay silencio, al por mayor
las lagartijas exuberantes ya parecen
dormidas.
Un chucao canta por aquí y
otro por allá.
Un huet-huet
canta su onomatopeya
y se deja ver por unos segundos.
Un carpintero golpea una puerta:
¡toctoc!, ¡toctoc!
Y un zorro dejó su halo de almizcle en algún
punto.
Un chercán revolotea y atraviesa curioso
el camino.
De repente, se cruzan cinco,
¡no!,
ocho torcazas
en su huida de brillante aleteo color
vino.
La charla de camaradería de los hombres
trajo sobre la violencia y
la nostalgia por quien se halla lejos,
las costumbres de aquí,
sobre el mal de la humanidad.
El camino no era tan largo,
después de todo.
Dos hombres y dos mujeres
de distintos puntos cardinales
compartieron de la vida y también de la
muerte
sentados frente al fuego del atardecer.
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